Sobre el comportamiento atávico o el crimen de Peñerudes (Parte II)

(Ver primera parte)

            Tampoco debemos confundir la supervivencia y el día a día de los lugareños, sometidos a las condiciones de los tiempos, con los comportamientos de algunos sujetos que hacían de su capa un sayo y de sus necesidades un simple ejercicio de violencia e irracionalidad.

Fuente: El Gráfico, 15 de diciembre de 1904

            Atavismo o salvajismo, o salvajismo con algún toque de costumbres en el comportamiento de las zonas apartadas del país, estaba presente en muchos crímenes de aquí, pero también en los de la vecina Francia, y en Inglaterra, y en Italia, y …, hasta el punto de que el asceta de la teoría criminal del momento, ejemplo del positivismo más recalcitrante, le dedicaba una buena parte de sus estudios, en concreto, mediante la teoría del criminal nato o atávico. Me refiero al insigne Lombroso que con esta teoría quiso describir a una suerte de perverso error de la evolución humana, al que achacaba una serie de taras de moralidad, en el comportamiento y en su socialización que le convertían en un ser perverso y revestido de maldad en cualquiera de sus manifestaciones.

            Y como la mejor imagen la presenta un buen relato, aquí les dejo uno acaecido en los albores del siglo y en la llamada España profunda, el que los medios llamaron el Crimen de Peñerudes. En definitiva, el asesinato de D. Francisco, el cura de Peñerudes, una pequeña parroquia del concejo asturiano de Morcín (Oviedo). Un suceso entre tantos que, a pesar de lo truculento y del salvajismo desplegado por sus dos protagonistas, pasó apenas desapercibido en un contexto social más preocupado de otros asuntos, como las recientes pérdidas coloniales. Un asesinato en el que los asesinaores, en el momento del crimen, arremolinaban las características propias de todo crimen pueblerino en una suerte de encuentro entre la navaja, el vino y una profunda ignorancia o un sentido despreocupado de la vida ajena, por llamarla de alguna forma.

Fuente: El Gráfico de 15 de diciembre de 1904

            En el mismo año de 1904 llegó a los medios el llamado Crimen de Peñaflor o el Crimen del Huerto del “Francés”, este sí con gran repercusión mediática, y que nos enfrenta a uno de los grandes retos en el ámbito de la prevención del delito, el de los asesinos en serie, que trataremos en la siguiente entrada.

            Sobre lo acaecido, les dejo la versión que contaron los mismos presos, incomunicados como estaban, en el Imparcial de 12 de diciembre de 1904. Los dos hermanos nos explican el suceso con la naturalidad del que se arrima un cocido con una arroba de vino, y tras siesta y condumio, se va a bailar a la fiesta del pueblo de al lado: Verá, a nosotros no podía vernos porque decía que éramos muy desvergonzados y blasfemos. No contento con rebajar nuestra conducta desde el mismo púlpito, consiguió encarcelarme durante catorce meses, echándonos a mi hermano y a mi del pueblo, donde consiguió quitarnos las fincas que llevábamos en arrendamiento y expulsarnos de la casa que habitábamos, por su influencia con los dueños de las posesiones. Pero no tenían intención alguna de acortar la vida del párroco. Fue una casualidad. Por resentimientos que yo tenía con un minero que por Carnaval me maltrató y estuve un mes en cama, el jueves, día festivo, después de apurar bastantes copas, íbamos para casa, cuando nos encontramos con aquél en mitad de la carretera. Entonces echó a correr y nosotros tras él, y por fin conseguimos entrar en su casa, y allí le largamos un par de puñaladas, dándonos a la fuga. Para despistar a la Guardia civil nos internamos en Peñerudes, donde dormimos, con intención de marcharnos a Asturias. Cuando despertamos, oímos tocar las campañas, y dijimos, acordándonos del párroco, vamos a ver si lo encontramos. Echamos a andar, hallándole, por desgracia nuestra, frente al altar mayor-. Tras varios disparos, un buen tajo en la cabeza y diez o doce puñaladas, se fueron a casa del cura, para apoderarse de las armas buenas que sabían que tenían, por si acuciaba la necesidad de defenderse. Con el revuelo, los gritos, la gente empezó a arremolinarse y apareció la Guardia civil que, finalmente y tras el correspondiente tiroteo, los apresó. ¿La intención de Vds. era matar al sacerdote? -No señor; queríamos apuñalarle los ojos, dejándolo ciego, para castigar así el mal que nos hizo- (¡Ay, Dios mío!).

            Como resultado del proceso con jurado, se sentenció a muerte por garrote a Santiago y Camilo fue condenado a cadena perpetua por el asesinato del cura, y a siete y cuatro años de presidio mayor, respectivamente, por el robo.

            En el mismo año de 1904 llegó a los medios el llamado Crimen de Peñaflor o el Crimen del Huerto del “Francés”, éste sí con gran repercusión mediática, y que nos enfrenta a uno de los grandes retos en el ámbito de la prevención del delito, el de los asesinos en serie, que trataremos en la siguiente entrada.

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