Sobre el comportamiento atávico o el crimen de Peñerudes (Parte I)

            El primer tercio del siglo XX, en el que se desarrolla el llamado Crimen de Cuenca, es un periodo de nuestra historia realmente complejo, y todos los factores que alimentan dicha complejidad se encuentran en el mentado caso:  “Durante el tiempo del suceso vivimos una monarquía en retroceso, una gran crisis económica, social, política, y una guerra mundial, y los efectos de otras coloniales que también tuvieron su peso, una dictadura y hasta una república, ¿hay quién dé más?” (¡Ay, Dios mío!).

Fuente: El Gráfico, 19 de diciembre de 1904

            En el marco de una monarquía parlamentaria, regida por Alfonso XIII, el sistema bipartidista hacía aguas constantemente. El permanente conflicto político entre liberales y conservadores marcaba el paso de un país hundido en la miseria, saeteado de conflictos internacionales mal resueltos, con una justicia antigua que aplicaba una legislación rancia y un sistema parlamentario infectado de ideologías y personalismos que más que procurar el bien colectivo, se hipotecaba en mantener el ideario del partido, por alto que fuera el precio, ya que quien lo pagaba era el pueblo llano.

            Y lo peor de esta situación, una sociedad fracturada entre dos mundos irreconciliables. Frente a una sociedad urbana, ansiosa de modernidad, encontramos una sociedad rural, incomunicada, inculta y anclada a tradiciones calificadas de atávicas, donde el cacique era el absoluto monarca: controlaba la alcaldía, al juez, representaba a la comarca en el parlamento y, de paso, era el propietario de cuánto hubiera de productivo en su zona de influencia, decidiendo los destinos y hasta las hambres de los pobres sometidos a su yugo; y dejo fuera el sacerdocio porque la castidad no formaba parte de su negocio. Pero esto lo trataremos en otra entrada.

Tendremos tiempo paciente y espacio suficiente para tratar todos y cada uno de los aspectos mencionados. Hoy quiero centrar mi atención en una mácula que nos acompaña desde los tiempos de los Tercios de Flandes, y aún antes, en todos nuestros comportamientos, el atavismo o en términos de la RAE: Del lat. atăvus ‘cuarto abuelo’, ‘antepasado’ e -ismo, que señala como significado primero, el de comportamiento que hace pervivir ideas o formas de vida propias de los antepasados. Muchos son los comportamientos de la vida diaria que reproducen las formas de vivir y actuar de nuestros antepasados, pero me resulta llamativo que de comportamientos atávicos se calificaran los de muchos parroquianos de la época, que lastraron la imagen de una España hundida en la oscuridad del medioevo, sobre todo careciendo de estudios antropológicos criminales al respecto que ofrecieran suficiente cotejo. No obstante, pudiera ser cierto que algo de rancios tenían alguno de los comportamientos contra las normas, aunque más bien diría yo que eran propios de salvajes, de sujetos violentos o de sujetos carentes de cualquier sentido de lo social. Es cierto que el término atávico se utilizaba un día si y otro también para describir los crímenes que tenían lugar en nuestra España rural, aunque no siempre reflejaba la realidad del suceso, pues de vez en cuando algún cuello almidonado traspasaba los límites de lo humano para someterse a las leyes de la selva, en lo tocante al daño corporal o espiritual de otros congéneres. Y les aseguro que por muy exquisitos que fueran en las formas, acababan en las garras del animal que todo ser humano deja en libertad cuando se pierde la razón.

(Ver segunda parte)

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