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¿Quién lo ignora? Otro asesinato vulgar

La historia del conocido como crimen de Carabanchel, también conocido como ‘El crimen a navajazos de los Arroperos’ se publicó en una versión reducida en Mundiario, La Comarca de Puertollano, La Voz de Tomelloso, Noticias de Almería, Cartagena Actualidad, Valencia Noticias, Murcia Actualidad, Diario de Alicante.

El mensaje era claro, corríjase de una vez la práctica del tormento vergonzoso para la nación y denigrante para la justicia. Así comienza la crónica del El País de 31 de marzo de 1903, a tenor del llamado crimen de Carabanchel y las palizas que dio la Guardia civil a los Arroperos. En esos momentos, Gómez Escudero, antecedente del llamado Billy el niño, ya se había ganado la fama de apaleador de estudiantes y escolares en Valencia.
Al hilo del suceso ocurrido en Carabanchel, la condesa Pardo Bazán tuvo palabras de crítica hacia lo que consideraba un crimen vulgarísimo y repulsivo, carente de todo interés. Un simple robo sin misterio alguno, carente de todo contenido psicológico, carente de los abismos del corazón, de imágenes sobre el alma humana, sobre el estado de la nación o de una clase social. Un simple abordaje de una cómoda cerrada, un armario forzado, un baúl destripado. Pero lo cierto es que aquel crimen contenía una nítida imagen de la sociedad del momento. El llamado crimen de Carabanchel mostraba una sociedad con ganas de ganar su futuro, colectivos de personas capaces de conquistar su sustento, pero incapaces de emplearlo bien, ni siquiera, en provecho propio. Una vida sórdida, sucia y asfixiante.

Pero claro, a falta de amena y sana literatura, ¿qué se podía arrojar a las fauces del poblacho? No quedaba otro remedio que centrar la atención y los sentimientos sobre los brazos de los asesinos de Carabanchel Bajo. Hasta coplas de ciego se escribieron. Gracias a los avezados reporteros, conocimos a dos granujas de almibarado seudónimo, los Arroperos, y a un hombre bonachón, el tío Pacitos que, encaminado para concejal, tuvo que dirigir sus pasos hacia Ceuta, a cumplir la perpetua.

Media hora antes de la llegada de los periodistas, el cuerpo del suicida había sido enterrado junto a las tapias del cementerio, en la parte exterior del mismo. El juez de instrucción de El Escorial no quiso demorar la ceremonia, puesto que no existían condiciones que permitieran depositar el cuerpo en descomposición, de manera que no se pudo realizar la identificación por los testigos que se desplazaron al efecto, a toda prisa. Sin embargo, la autopsia había revelado un detalle interesante que aumentaba las sospechas de su posible participación en el crimen de Carabanchel.
Ausente el cuerpo de señal o contusión alguna, se apreciaron en su mano derecha tres ligeros cortes que, por su forma, revelaban haber sido realizados con un arma de doble filo, arrebatada violentamente sin abrir la mano. También tenía una pequeña escoriación en el codo, que pudo ser causada al ahorcarse en la reja de la cárcel. El proceso no fue fácil. Primero lo intentó con el cinturón de correa, que se rompió, y luego lo hizo con la faja, con la que consiguió su objetivo. Se sabía poco de Francisco Muela, salvo su amor al juego y ser materia de desconfianza en sus relaciones e inclinado al robo y a la estafa.

Inicialmente aquel suicidio no guardaba relación alguna con el homicidio cometido la mañana del 24 de agosto de 1901. De madrugada se recibía aviso telefónico en el gobierno civil de que en el pueblo de Carabanchel se había cometido un crimen. A las dos de la tarde, el cartero, según tenía costumbre, llamó a la puerta de la casa y como no obtuvo contestación dejó la correspondencia en el zaguán. Transcurrida la tarde y en las primeras horas de la noche, entró la sirvienta a llevarle la comida, y como encontró la puerta abierta y ninguna respuesta ante sus insistentes llamadas, salió a la calle y contó a unos vecinos sus temores y todos ellos se dirigieron a dar parte a la Guardia civil.
Al penetrar las autoridades encontraron un cajón abierto, con ropas en desorden, entre ellas una camiseta con manchas de sangre, un arca abierta y varias prendas esparcidas por el suelo. En el arca, una caja de cartón con un revólver descargado, seis cápsulas y un escobillón; tres talegos de calderilla vacíos, dos escrituras de la casa, recibos de cuenta corriente en el Banco, una póliza de un seguro de incendios y un libro de cheques, uno de cuyos talones, por valor de 24.500 pesetas había sido cortado. Por el desorden de los muebles y por haber encontrado en el corral una caja de caudales vacía, se sospechó que el móvil del homicidio había sido el robo.
Recorrieron todas las habitaciones hasta llegar al corral, en cuyo fondo existía un cobertizo destinado a saladero, y, en un rincón de este, encontraron, en un gran charco de sangre ya coagulada, el cadáver de Agustí, que presentaba dos heridas de arma blanca, una debajo de la clavícula izquierda, mortal de necesidad, y otra penetrante y transversal en la cara, que casi le separó la oreja izquierda. En las manos tenía algunas heridas que demostraban la existencia de lucha con su agresor.

Apenas unas horas después, se dictaba auto de prisión e incomunicación y eran detenidos y trasladados a Getafe, Felipe y Gregorio Pacheco, apodados los Arroperos, con sus mujeres, Josefa Marín y Paula Mingo. En un primer careo no fueron capaces de explicar lo que habían hecho la tarde del crimen desde las doce hasta las cuatro.
Pasados unos días los Arroperos fueron conducidos desde la cárcel a la casa del crimen, para realizar la reconstrucción de los hechos, aunque el resultado de la misma fue irrelevante, apenas pudo añadirse a las diligencias la declaración de una vecina que pudo ver, a tenor de la descripción realizada, a un individuo salir que bien pudo ser Muela. Este hecho fue corroborado por varios testigos espontáneos, que le describieron claramente, así como el paquete estrecho de una media vara de largo, que oprimía fuertemente bajo su brazo.
El día 31, cuando el juzgado instructor comenzaba a dar señales de contrariedad, cuando no de desaliento, las declaraciones de un zagal dieron un vuelco a la investigación. Ante el juzgado se presentó el presidente de la Diputación, y al parecer cacique del pueblo, con un muchacho de catorce años llamado Vicente Castán, hijo del sereno de Carabanchel, que contó al juez todo lo que pudo ver aquel día, señalando con pelos y señales la actuación de los Arroperos y sus dos cómplices.
Aquella debió ser una noche larga para Gregorio y para el teniente de la Guardia civil, Blasco del Toro. Decidido este último a saber la verdad, pasó la noche en compañía de aquel, con la debida autorización del juez. Gregorio al fin cantó: ocho días antes, el día del crimen, a las siete de la mañana fue, en unión de su primo Felipe y el tío Pacitos, a casa del sr. Agustí para comprar huesos. Estuvieron también en la corraliza para sacar el estiércol, y al retirarse sobre las doce, vio a su primo Felipe hablando a la puerta de la casa del crimen con un sujeto desconocido. Allí debió concertarse el robo, volviendo a la casa entre la una y dos de la tarde. El Gregorio quedó apostado en la puerta de la calle Empedrada, y el tío Pacitos en la corraliza de donde sacaban el estiércol. Entonces entraron en la casa Felipe, Gregorio y el desconocido para negociar la compra de embutidos. De pronto oyó un grito y vio caer a D. José con las dos heridas que le produjeron la muerte. El terror no le dejó hacer otra cosa que huir, escondiéndose en su casa, no obstante, si vio a los asesinos llevarse una gran cantidad de billetes, producto del robo, tras un minucioso rastreo de la casa.
El crimen se había cometido con una faca de grandes dimensiones y una navaja de las llamadas de lengua de vaca. La primera de estas armas era propiedad del desconocido, que, tras ver unas fotografías, identificó como el suicida Muela.
Después tocó el turno de cantar a Felipe, que inicialmente mantuvo la misma copla, trazando la culpabilidad de Gregorio y el desconocido. Pero parece que finalmente mostró sus deseos de hablar y así lo hizo, trasladando la responsabilidad de lo ocurrido a Gregorio. Todo fueron confesiones de culpabilidad cruzada, todo el plan había sido urdido por el otro.

El 4 de septiembre de 1901 se envió a la Audiencia el rollo del sumario, en el que constaban como procesados Felipe y Gregorio Pacheco, el tio Pacitos y su mujer. La vista no se celebró hasta el 30 de marzo de 1903, con la solicitud del fiscal de la última pena para los Arroperos, sus mujeres y el tío Pacitos. La calificación definitiva fue de robo, con ocasión o motivo del cual resultó homicidio, conforme al art. 516.1º del Código Penal, con la agravante de haber cometido el delito en la morada de la víctima, la de alevosía y abuso de superioridad.
Desde el inicio de la vista, empezó a correr el rumor de que las confesiones de los imputados habían sido obtenidas a vergajazos y por el uso de baquetas entre los dedos de las manos esposadas, por la Guardia civil. En la vista oral, Felipe utilizó el argumentario propio en aquellos casos.
Al igual que Felipe, Gregorio y el tío Pacitos mantuvieron que todo cuanto habían manifestado fue porque se vieron obligados a ello por los malos tratos de los civiles, que en posterior testifical negaron la existencia de tales tratamientos. Siguieron las declaraciones de todos los testigos que de una u otra forma, cada uno con su propia visión de los hechos, iban conformando un camino sin retorno.

España, ese país de costumbres atávicas, de pueblos semicivilizados y bárbaros, a las puertas de un futuro próximo pasado, que nos llevaría a la debacle y dolor profundo de la patria rota en dos mitades irreconciliables.

Del resultado del proceso poco se habló. El tamaño interés generado por la prensa durante los días de la investigación, se convirtió en mudo silencio tras la celebración de la vista oral. Otros asuntos entretenían las planas de los diarios. Gregorio, Felipe y el tío Pacitos, fueron condenados a muerte, pero la gracia del indulto solo alcanzó a Felipe, que lo fue el viernes santo de 1904, en el acto de Adoración de la Cruz. Mucha atención, en cambio, recibió aquel acto, pues se consideraba por la opinión pública que Felipe debiera haber sido el último merecedor del perdón. Pocos días después de la diatriba social sería el Ministro de Gracia y Justicia el que concedió el indulto a los dos miserables. Sánchez de Toca firmó sendos indultos que fueron publicados en la Gaceta de 6 de abril de 1904. Los huesos de aquellos tres infelices se pudrirían en la cárcel por los siglos de los siglos. ¿Y de los malos tratos? Esa era otra historia…

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Ante el vicio de reclamar, la costumbre de torturar

Una versión más breve de esta historia se publicó en Mundiario, Las Noticias de Almería, La Comarca de Puertollano, Murcia Actualidad, Diario de Alicante.

¿Realidad o leyenda? Las dos Españas.

Aunque el hambre era mucha en los albores del siglo XX, había guisos que mejor ni probarlos. Utilizar en el mismo puchero el caldo cocido por el permanente conflicto obrero, generado por una carestía de medios de subsistencia que espantaba a las ánimas del purgatorio, y de otro, el palustre con el que se le daba vueltas, es decir, la Guardia Civil, esto acababa con el hambre de cualquiera, sí, pero también con su vida. Sobre todo, con un cuerpo armado que rehusaba de las modernidades y tiraba de tortura para recomponer los cuerpos de los rebeldes y ablentar testimonios a base de tratamientos corporales que, a tenor de las reiteradas denuncias en multitud de casos, acabó siendo un clásico en el desarrollo de las primeras actuaciones de indagación hasta bien entrado el siglo.

El conflicto estaba claro. O venerabas las heroicidades de los civiles contra el terrorismo de masas, bandoleros y otras menudencias, o eras un apologeta del anarquismo y sus atropelladas vindicaciones.

Lo cierto es que el conflicto obrero era una realidad permanente en la sociedad española del primer tercio del siglo XX, que el anarquismo tenía amplio calado entre sus filas, y que el tormento, tortura o malos tratos era una práctica habitual en el ejercicio de la Justicia, desde el inicio de las diligencias de investigación hasta la ejecución de las penas. Negarlo sería ausentar el debido rigor en el quehacer atropellado de nuestra Historia, en un inicio de siglo convulso.

Fueron muchos los casos que enfrentaron a la derecha y a la izquierda. Uno de los más sonados fueron aquellos que tuvieron lugar el 1 de agosto de 1903, en Alcalá del Valle.

Decían los gubernativos que en ningún punto de la nación se habían reunido tantos anarquistas como en Alcalá, cerca de 500 llegados de Setenil, Cuevas del Becerro y otros puntos comarcanos. Estaban discurseando a un kilómetro del pueblo cuando llegó el sargento de la Guardia civil y dos parejas, y los invitó a disolverse. Dicen que los anarquistas los recibieron a tiros, cayendo herido el sargento y uno de los guardias. En la respuesta murió uno de los sediciosos. Mientras dos se hacían cargo de los heridos, el quinto de los civiles se enfrentó en absoluta soledad a los revoltosos.

Ante la resistencia de aquel guardia, los amotinados huyeron, mientras que el sargento y el otro guardia eran conducidos heridos a un cortijo próximo. Los revoltosos, convencidos de que la guardia civil había quedado fuera de combate, se internaron en Alcalá, recorriendo las calles, insultando a los vecinos y dando vías a la anarquía, recogiendo armas y maltratando a quienes no se las entregaban. El pánico que con este motivo se produjo fue indescriptible. Añade el teniente que los que con ligereza acusan a la Guardia civil debieron presenciar los actos de salvajismo que los anarquistas realizaron. A hachazos rompieron las puertas de muchas casas. Un grupo fue al almacén de comestibles, sacando las latas de petróleo, y recogiendo los documentos del archivo del Ayuntamiento y del Juzgado, formaron con ellos una hoguera. Dando vivas a la anarquía y distintos mueras recorrieron las tabernas, robando bebidas, embriagándose, y donde se les negaba, saqueaban. Los vecinos permanecían aterrados en sus casas, oyendo continuamente disparos. Varios vecinos rechazaron a los anarquistas a tiros, y cuando los revoltosos daban hachazos en las puertas, dedicábanse a guardar las alhajas, esperándose con todo ello una noche terrible.

Pronto llegaron los refuerzos. El teniente de civiles de Olivera, José Martín, con 11 guardias blandió la soflama: “Que los hombres honrados se metan dentro de sus casas, que de los criminales me encargo yo”. La masa se desvaneció, aunque algunos huyeron al monte y tuvieron que ser cazados.

Sobre los martirios, ninguna verdad comprobable, para los de un lado había vuelto la Inquisición, para los del otro todo eran invenciones de los periódicos anarquistas. Imposible el martirio de ningún detenido, pues tras la declaración ante el Juez fueron conducidos al Ayuntamiento convertido en cárcel, y allí estaban sus familias y los soldados que los custodiaban. No cabía en mente alguna la idea de molestar a las infelices víctimas de las predicaciones de otros. Ni militar alguno lo hubiera tolerado, pues la idea de semejantes martirios no es compatible con el honor militar. La simple presencia de los civiles convirtió a aquellos feroces anarquistas en humildes corderitos.

El único dato objetivo, si es que en estos asuntos existe alguno, es que con motivo de la huelga general convocada por la Federación Regional Española de Sociedades de Resistencia, que tuvo por objeto el apoyo a cuantos estuvieran en condiciones de detención por los llamados delitos sociales, el 1 de agosto de 1903, un grupo de medio millar entre obreros y campesinos, que incluía mujeres y niños, se concentró en las afueras del pueblo. El tumulto acabó en enfrentamiento con los guardias civiles desplazados a la zona, y este con la muerte de un joven de 15 años, lo que incentivó la ira de la masa que acabó incendiando los archivos del Ayuntamiento y el Juzgado Municipal.

La refriega acabó con más de un centenar de detenciones, que tras las primeras declaraciones fueron trasladados a la cárcel de Ronda, donde decían que habían recibido un trato humano. El 4 de agosto se desplazaba hasta Alcalá el gobernador militar con una sección de artillería, para controlar la situación.

No tardaron en aparecer en diversos periódicos crónicas de los malos tratos y torturas a los que eran sometidos los presos durante las testificales, y faltó tiempo y espacio para que comenzaran las diatribas políticas sobre si la responsabilidad era de Maura, o era de Villaverde; si era una cuestión consentida por las izquierdas o armada por las derechas.

Las torturas aplicadas por Sánchez Millán, que por repetidas en multitud de casos de la época parecían aprendidas en una escuela, siempre eran las mismas: como protagonista omnipresente, los bergajazos; para aflojar los pensamientos, la introducción de estaquillas entre las uñas; para mayor sufrimiento, las maderas entre los dedos, con cordeles que los apretaban o el ahorcamiento de los testículos acompañado de golpes en el cuerpo con las culatas de los maüssers… Y por conocido, no menos repetido, el mismo epitafio: Las leyes abolieron el tormento, pero la Inquisición campa a sus anchas y corchetes y verdugos practican sus artes como si estuviéramos en el medioevo; y como corolario, el lamento por la imagen de país bárbaro transmitida al resto del mundo. Antes yanqui, con mi libertad asegurada, que español bajo la fusta de un bárbaro carcelero, así decían los cubanos y los filipinos, y ¡así les fue! Los franceses, críticos por nostalgia, atisbaban una puerta abierta a la lucha anticlerical y, especialmente, al poder de Roma, mediante este tipo de asuntos. En definitiva, un acial sobre el sentimiento patrio.

Siendo en tal alto número los que iban a ser enjuiciados en la jurisdicción militar, el procedimiento se dividió en dos causas: la llamada causa grande, en la que fueron enjuiciados todos aquellos que participaron de los hechos tras la refriega de la Guardia civil, en número de 56, y la causa chica, donde fueron procesados los 21 que participaron en el tiroteo con los civiles.

Celebrado el Consejo de Guerra por la causa chica, que había sido los días 25 y 26 de enero de 1903 contra los obreros que habían dirigido el tumulto contra la fuerza militar, terminó con dos penas perpetuas y cuatro penas de veinte años de reclusión temporal. Al resto, penas de entre uno y veinte años. El delito para esta causa fue el de insulto de obra a fuerza armada, causando lesiones. El 31 de agosto fueron confirmadas por el Consejo Supremo de Guerra y Marina, y como destino, el presidio de Valencia.

Como siempre, unos años después, en esta España de las gracias, el Gobierno se decidió por la vía del indulto para con los seis condenados de mayor duración, si bien solo fueron libertados cinco de los presos, ya que el sexto había fallecido poco tiempo antes en prisión. Los dos primeros en junio de 1909, con motivo de la celebración del natalicio de la Infanta.

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La venganza de los Carboneros

ABC de 26 de marzo de 1905

EEntre las decenas de crónicas escritas con la sangre de los miles de víctimas de la revolución rusa, apenas en unos breves noticias o sueltos, se fue conociendo los datos sobre de la muerte de una familia en la pequeña localidad baturra de Cetina, un pueblo del partido de Ateca. Aunque la prensa apenas le dedicó unos telegramas, sin duda podemos considerar la matanza de Cetina como uno de los crímenes más brutales en la historia de la criminalidad de la España de comienzos del siglo XX, y hasta del XXI.

En Cetina, se ha cometido un crimen misterioso. Así comienza la crónica de un suceso conocido el 19 de enero de 1905, y que conmocionó a toda la comarca. Una choza de carboneros, situada en un paraje del monte Chaparral, a unos kilómetros de la localidad zaragozana de Cetina, tres horas a pie, ardió durante la noche y en su interior yacían cinco cuerpos calcinados. Eran los cuerpos de una familia de carboneros formada por los padres y tres niños pequeños. Desde la primera noticia la venganza comenzó a imprimirse con letras mayúsculas.

El jefe de la familia, como solían llamar a Federico Pasamol Marco, era natural de Calcena, y tenía cuarenta y cinco años; su hijo mayor, Antonio, tenía once, la siguiente, María, de cinco años, y la pequeña, Brígida, contaba apenas dieciséis meses. Vivían del carboneo.

El día 18, Gabriel Horno, vecino de buenas relaciones y amigo de la familia se desplazó hasta la cabaña para encontrarse con Federico Pasamar y al llegar al lugar se encontró la cabaña hundida, carbonizada y cubierta por la tierra de las paredes que el calor hizo desprenderse. Inmediatamente dio conocimiento de lo ocurrido a Isidora, hermana de Federico y vecina en una cabaña cercana, y a las autoridades locales.

Desplazados el Juez de Ateca, Felipe Rey y el fiscal, Antonio Astray, comenzaron las diligencias de investigación. Durante la noche del miércoles al jueves, la familia fue sorprendida mientras dormía y ejecutada violentamente. El cadáver de Federico estaba junto a la puerta, y debió ser el primero en encontrarse con los matadores, en el centro estaba el de Juana López, y los de los niños en el fondo de la choza. Todos ellos habían sido asesinados a cuchilladas, que pudieron ser numeradas en mas de cien, tras lo cual los autores del crimen habían prendido fuego a su humildísima morada, a los efectos de hacer desaparecer cualquier huella del crimen. Junto a las víctimas, a seis pasos de distancia, se encontró un puchero de porcelana volcado, que debió dejar el autor de la salvaje venganza, y en el asa un papel en el que podía leerse la siguiente inscripción: Castigo. Para que os acordéis. Cetina. Escrita con lápiz, las letras mostraban diversas florituras.

Entre los lugareños comenzaron los primeros rumores, que señalaban a otros del oficio, carboneros, que en su hosca soledad trenzaban agravios de entre ellos, tan profundos que llegaban a sobrevivir más de cinco generaciones. El odio implantado en sus chozas era herencia maldita de aquellas humildes proles dedicadas a la venta del mineral. Y, así, tras las primeras declaraciones, las sospechas apuntaban hacía un tal Santiago Pasamar, que hacía poco había simulado un robo con la supuesta complicidad de Federico, si bien debió salir mal y ambos discutieron, a consecuencia de lo cual Santiago debió vengarse de Federico. Otros recordaban la licenciatura en prisión de Federico, y comenzaron a señalar con sus dedos redentores a los hijos de Bruno Horno, vecino de Calcena y hermano de Gabriel, muerto violentamente hace años por Federico en aquel mismo lugar, según decían en defensa propia, por lo que fue absuelto en el juicio. El Juez ante la disyuntiva ordenó a la Guardia civil traer a su presencia tanto a unos como a otros, para lo que fueron reconcentrados los Guardias civiles de los puestos de Ateca y Alhama.

Pasados unos días, eran ya un buen número los arrestados por la investigación. Uno de ellos muy significativo, el de Antonio Gil, alias el Bizco, detenido en casa de su hermana Claudia, la viuda de Bruno Horno, el asesinado diez años antes por Federico. Su salida del pueblo el día del crimen y su desaparición durante unos días le convirtieron en otro posible sospechoso. En su primera declaración, intentó justificar su ausencia, confirmando que fue al monte de Cetina para dirigirse a Monteagudo, donde debía tomar el tren, pero que se perdió en el monte y no pudo llegar a la estación, así que tuvo que hacer el viaje a pie. Su oficio de carbonero, desarrollado en aquellos parajes durante muchos años, le permitía conocer atajos y veredas, lo creó mayor sospecha sobre el mismo.

En una laboriosa investigación, que duró algo menos de un mes, las responsabilidades estaban esclarecidas. El 10 de marzo fueron conducidos a la prisión de Zaragoza por cinco guardias civiles, los considerados instigadores del Crimen Claudia Gil y su Hijo Fulgencio Horno, y los ejecutores Antonio Gil y Gregorio Horno.

Apenas unos días después, el día 29, el fiscal se desayunaba con la petición de 15 penas de muerte para Antonio, Gregorio y Fulgencio, por la comisión de cinco asesinatos, cualificados por premeditación, nocturnidad y despoblado, y la de seis meses de reclusión por el incendio, y de treinta años de prisión para Claudia por el encubrimiento, seis años y un día por cada uno de los asesinatos encubiertos. Un par de días después del comienzo de las sesiones, el día 18, el fiscal retiró la acusación contra Claudia, siendo puesta inmediatamente en libertad.

El día 22, a las nueve y media, terminó la vista oral y el Jurado declaró culpables a los tres encausados, sentenciándolos el Tribunal de derecho a cinco penas de muerte para cada uno y seis meses de prisión correccional por el delito de incendio. A Antonio y Gregorio como autores materiales y a Fulgencio como autor por inducción. Los reos cenaron esa noche en la Audiencia, y hasta pudieron charlar con la prensa, a la que mostraron su conformidad con su suerte: Ahora es cuando se ha hecho justicia y no en Soria, cuando fue absuelto Pasamar de la muerte del padre de Gregorio.

La vista del recurso ante el Tribunal Supremo, se llevó a cabo el 26 de junio de 1906, pero no prosperó y la condenas a muerte se mantuvieron intactas. Como en tantas otras ocasiones, llegó la gracia del indulto con motivo del Viernes Santo de 1907, convirtiendo la pena de muerte en unos años de prisión, y de tras ellos la libertad.

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Condena a muerte de dos inocentes: El crimen de Mazarete

Este artículo se publicó el 31 de mayo de 2019 en Mundiario, Cartagena Actualidad, Guardaíra Información, Noticias de Almería, La comarca de Puertollano, Diario Alicante,


¡Virgen santa! Entre la riña de Alhama, el homicidio de Tornos, la muerte a garrotazos del barbero de Segovia, la alevosa muerte del hijo de Bartolo, en Calahorra, de la violenta muerte de Zaragoza, el crimen de La Culebrina en Murcia, el crimen de la calle Lope de Vega en Madrid…, todos ellos crímenes acaecidos en apenas unos días del mismo calendario que por su frecuencia ya no atraían la atención del cronista atento al eco de aquellos sensacionales y levantadores de morbos ajenos, la muerte de el Aceitero exaltó los ánimos populares y, cómo no, los de la prensa.

¿Por qué debemos recordar el tristemente conocido por el crimen de Mazarete? Dicen que la Justicia no yerra, que son sus gentes y sus procedimientos, pero cuando se unen las tres, el resultado siempre es el mismo, el tormento del inocente, en cualquiera de sus variantes y con todos sus efectos. De entre todos los gazapos judiciales de principio de siglo, hubo uno que alcanzó fama por lo bien y ampliamente contado que fue, y no solo por la prensa; que tuvo tal transcendencia que hasta médicos forenses actuaron para salvar la vida de dos inocentes de aquel error judicial aciago. El llamado Crimen de Mazarete, que, a juicio de buenos entendedores, supo revivir sombras de nuestra Justicia que parecían enterradas de escribanos, soplones, golillas, alguaciles y corchetes, con todas las tradicionales lacerías, lacras descosidas y desgarrones de la curia española.

El 24 de noviembre de 1902, apareció un cadáver en la carretera de Sigüenza a Molina. El hombre había recibido un disparo en el pecho. El día anterior lo había pasado en el pueblo ejerciendo su oficio de distribuidor de aceite y, por la noche, tras dar de comer a sus mulas, quedó en la posada para reposar. Debiéronle atrapar allí mientras estaba sumido en un reparador sueño. A la mañana siguiente, apareció su cadáver con un revolver de seis tiros de su propiedad a su lado. Inicialmente, se especuló con el móvil del robo de unas pesetas que traía el hombre de una venta en Madrid de un carro de huevos.

La posada Vista Alegre, donde se hospedó, era del Juez Municipal de Mazarete, Juan García Valero, hombre de recursos que servía al cacique de la zona, Calixto Rodríguez. Allí también pasaron la noche los dos camineros que, siendo madrugada, encontraron el cadáver de el Aceitero de Mantiel, Guillermo García, en la cuneta.

Pronto comenzaron los corrillos templadores de rumores y acechanzas sobre los líos de faldas y sus amores con el juego. Casado como estaba y con familia a la espalda, bebía los vientos por una moza del pueblo que no le correspondía. La causa fue clara, el suicidio. Que así fue lo conocemos y así quedaría demostrado gracias a los saberes de la ciencia y sus próceres, lo que no inhibió a los condenados de padecer los rigores de una justicia mal ajustada.

Entre tanto, el cadáver fue llevado al pueblo para realizar la autopsia, el Juez comenzó la toma de declaraciones y la Guardia civil comenzó sus averiguaciones. En unas horas, unos pobres desgraciados marchaban en cuerda hacia la cárcel de Molina, hasta catorce, pero no estaba entre ellos el Juez y posadero, sus hijos y respectivas mujeres, que a renglón seguido serían inculpados por el cabo de la Guardia civil, comandante de puesto. Pronto resolvió el caso, reprodujo el croquis de lo ocurrido y, de paso y según dicen, arregló unas cuantas cuentas pendientes. Parece ser que fueron muchos los cachetes que en aquellas horas distribuyó alegremente la Guardia civil de Maranchón para obtener las declaraciones pertinentes. Pero no debieron ser efectivos, que, en cuanto cejaron, los declarantes se desdijeron de todo lo que antes habían asegurado. Y hablo en plural porque no quedó claro la individual distribución de los premios otorgados.

Si el proceso duró poco, las deliberaciones del Jurado, doce ciudadanos del partido de Molina de Aragón, le vinieron a la zaga. Apenas hora y media de reflexión y un puñado de pruebas endebles, por no decir inexistentes, cobijadas en un sumario equivocado y un fiscal que hizo juramento de maldiciones a él y sus hijos si no era cierta la culpabilidad de los procesados, condenó a los que consideraron responsables a la última pena, sirvió para un veredicto de culpabilidad. Y no exagero. Imagine un Jurado atento a las disquisiciones del fiscal, y que este comienza su alegato final o informe en semejantes términos: “¡Caigan sobre mi, sobre mis hijos y descendientes, eternas maldiciones si yo no estoy convencido de la culpabilidad de esos hombres que se sientan en el banquillo!”. En resumen, retiró la acusación frente a los seis reos considerados cómplices, que fueron puestos inmediatamente en libertad, y reiteró la acusación por robo y homicidio de los considerados autores.

Como era normal en estos casos, el abogado, uno famoso de la capital, Gerardo Doval, inició la campaña para conseguir el indulto, y cosas del destino que a veces se cruza por los caminos del señor, el doctor Tomás Maestre la hizo suya revisando declaraciones, pruebas, huellas y el informe forense para llegar a una e inequívoca conclusión: el aceitero se había suicidado. Hasta publicó un libro con toda la investigación.

Dos años después tuvo lugar el juicio de revisión ante el Tribunal Supremo. El 19 de enero de 1905, la sentencia confirmaba la de la Audiencia y, con ella, la muerte de los reos. En junio se concedió el indulto y conmutó la pena a la de cadena perpetua, que tras nuevo indulto posterior les permitió salir en libertad el 3 de septiembre de 1906, con casi cuatro años de sufrimientos en el alma. ¡Y a ver quien les quitaba lo bailao!

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Los crímenes de Peñaflor o los crímenes del huerto del Francés (II)

La segunda parte se publicó el 24 de mayo de 2019 en Las Noticias de Almeria, Voces de Cuenca, La Voz de Tomelloso, Más Castilla-La Mancha, Murcia Actualidad, La Comarca de Puertollano, Guadaira Información, El Día Digital.

Museo Criminal 01-01-1905

El día 17 de diciembre, fruto de las averiguaciones llevadas a cabo por el Juzgado, centradas en las declaraciones del expolicía, se envía un telegrama a la Audiencia de Sevilla, comunicando que en el llamado huerto del Francés se habían encontrado dos cadáveres inhumados, y que la inhumación de uno era reciente, suponiéndose que fuera el tal Rejano. A la postre, el pseudónimo de Expolicía se correspondía con el exinspector de policía Laureano Rodriguez Conchas, autor de los artículos que publicó El Liberal.

            Los medios de comunicación comienzan a explotar el suceso: el huerto del Francés servía para ejecutar juegos prohibidos y era el campo de hazañas de muchos ventajistas; la delación de un expolicía desentraña una desaparición; Rejano ganó una fortuna por medio de juegos prohibidos. Se supone que en el momento de ser asesinado, llevaba encima la cantidad de 35.000 reales; todos los que han intervenido en el hecho son jugadores de oficio, etc.

            Entre tanto, el dueño del huerto, un tal Andrés Aldije que había arrendado el huerto hacía veinte años, andaba desaparecido y José Muñoz, íntimo amigo del fugado, fue preso por la Justicia apenas iniciadas las averiguaciones.

            Apenas transcurrido un día y las excavaciones dan su fruto, un nuevo cadáver que, tras su identificación, tampoco era Rejano. Según los indicios el cuerpo pertenecía a Francisco Jiménez, ciudadano de Peñaflor que desapareció para familia y vecinos hacía dos años.

            Unas horas después sería hallado el cadáver de Rejano, enterrado envuelto en un impermeable, en cuyos bolsillos llevaba un reloj, de bajo precio que usaba, y un revólver. Antes las evidencias, la policía continuo los trabajos de excavación, temiendo la presencia de más cadáveres. Los aparecidos hasta el momento habían muerto de la misma forma, a martillazos en la sien derecha y, en una primera impresión, databan de seis, cuatro y un año respectivamente. El hallazgo del martillo enterrado cerca de los cadáveres así lo atestiguaba.

            Juan Andrés, asustado después de perpetrar el último crimen, huyó de Peñaflor el día 9, tomando un tren hacia Mérida para embarcar en Lisboa rumbo a Brasil.

            Durante las investigaciones fueron detenidos su mujer y su hijo Víctor Aldije, que declararon no haber sospechado nada de lo que ocurría a las espaldas de su casa. Su afición a la caza le mantenía casi siempre alejado de su domicilio. También fueron llevados a los calabozos del Juzgado José Bello, de cuarenta y ocho años y corredor de granos, José Muñoz Lopera, María Fernández Carrera y Dolores García Ramos, criadas de Aldije.

            Las investigaciones se centran en los restos de ropas y objetos encontrados en los enterramientos, que al parecer indicaban que los muertos fueron personas de buena posición pero que, tras una minuciosa investigación policial tras el hallazgo, no aportaban indicios suficientes que permitieran identificar los cuatro cadáveres que habían sido descubiertos.

            El día 18 de diciembre fueron hallados otros dos cadáveres, con fuertes golpes en la región temporal, enterrados estos hacía seis años y seis meses, tal que éste último todavía conservaba restos de carnes. Las prisas debieron presidir el enterramiento de este último que tenía los pies doblados los tobillos forzados para que entrasen en la fosa cavada. Llevaba unas botas de campo lujosas y estaba situado muy cerca del cadáver de Rejano.

            Ambos cómplices habían montado una casa de juego ilegal y robaban y asesinaban a algunos de que los que acudían a la misma, generalmente, personas de posibilidades, como así lo atestiguaban los indicios encontrados en los cuerpos. Uno de ellos tenía ropa interior buena, llevaba un pañuelo de seda y unas monedas de plata junto a un llavero.

Museo Criminal 01-01-1905

            El procedimiento habitual para robar y hacer desaparecer a las víctimas, en palabras de Francisco Pastor era el siguiente: la ruleta, manipulada, hacía que las bolas nunca parasen en los números cargados, sino que la forzaba a parar en el número que deseaba. Estaba en combinación con otros compañeros, jugadores de oficio, que proponían y trasladaban a otros para el ilícito juego. Los incautos jugadores de pego llegaban al huerto del Francés, presenciaban el funcionamiento de la ruleta, aprendían el mecanismo y lo practicaban, quedando convenidas las cantidades que se apostarían y el día en que se habían de reunir en el huerto para machar, junto con el Francés. Ubicados en el mundo del hampa, se decía que los ventajistas procuraban guardar el secreto y participar de las timbas que se organizaban en el huerto, sin ser vistos. Situación esta que se aprovechaba por el susodicho para darle un martillazo en la cabeza y acabar con su vida. En la autopsia de los seis cadáveres pudo comprobarse que todos recibían el golpe en la región parietal derecha, identificando un modus operandi muy concreto, que consistía en golpearles situados a la espalda de los agredidos, con la mano diestra. El martillo utilizado para tan tremenda faena, en poder del Juzgado, se asemejaba a un porrillo de los de partir piedra, con un mango de 40 centímetros de longitud.

Lo más significativo de las actuaciones posteriores fue la identificación de las víctimas, cuyos nombres finalmente serían confirmados por los propios acusados.

            El proceso contra ellos se inició en Sevilla el 5 de marzo de 1906, y su culpabilidad declarada por el Jurado ocho días después, imponiendo el Tribunal de derecho seis penas de muerte a cada uno.

El recurso interpuesto por las partes fue recibido en una vista, que duró aproximadamente dos horas, por la Sala de vacaciones del Tribunal Supremo el 14 de agosto. El 25 el Tribunal desestimo el recurso, no encontrando motivos para la casación de la sentencia.

            Enseguida surgieron voluntarios para ejecutar la pena capital. Así un tal Mariano Godoy se ofreció al fiscal de la Audiencia de Sevilla, e incluso el hijo de Félix Bonilla, una de las víctimas.

Solicitado el indulto, fue denegado por el consejo de ministros celebrado el 12 de octubre, y los reos fueron ejecutados mediante garrote vil el 31 de octubre de 1906 en la Cárcel del Pópulo de Sevilla, a las ocho de la mañana.

            Tras de todo el asunto, la pasividad y el abandono de las autoridades en la investigación de las desapariciones que se fueron acumulando durante años, en una muestra más de la deplorable situación de la Justicia, el Gobierno y la policía de la España de principios del siglo XX.

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Los crímenes de Peñaflor o los crímenes del huerto del Francés (I)

La primera parte se publicó el 17 de mayo de 2019 en Mundiario, Voces de Cuenca, Alicante Hoy, Cartegena Actualidad, La Comarca de Puertollano, Las Noticias de Almería, Guadaira Información.

Heraldo de Madrid de 19-12-1904

¡Cuán verdad es que nada es tan inverosímil como la realidad! Ni las novelas de Posson di Terrail, ni los cuentos de Poe o las locuras de Maupassant pueden igualar el relato cierto de lo ocurrido en la localidad hispalense de Peñaflor, en los albores del siglo XX.

La excitación del oneroso lucro ajeno, el concubinar del juego ilícito y las libaciones en horas funestas, marcó a fuego y sangre la cabeza de sus seis víctimas, y quién sabe de cuántas embaucadas, en una trama perfectamente urdida, y con una organización que pudo actuar durante al menos seis años, sin ser descubierta.

            Terminando el año de 1904, con Rusia y Japón enfrentadas en una lucha fratricida, los ejércitos españoles sufriendo humillantes derrotas en las últimas colonias de Filipinas y el norte de África, los intereses de las gentes de a pie de nuestra querida patria andaban ocupadas en eso que los periódicos dieron por llamar “la carestía de subsistencias”, es decir, en buscarse los medios para acabar con un hambre atroz por falta de las mínimas viandas, en gran parte generada por la escasez de trabajo. Y el juego ilícito empezó a tener cierta relevancia como medio de riqueza para los que sólo buscaban el lucro, en tanto que para otros constituía otra forma más de buscar la supervivencia, aunque en la mayoría de los casos acababa con la miseria de los jugadores.

            Lo que no faltaban eran crímenes, a cuál más llamativo y muchos de ellos fruto de un triunvirato ganador en la época: el ayuntamiento de la navaja, el juego y el vino, en síntesis, el exceso de taberna. Como podremos ver, durante el primer decenio del siglo XX hay una larga lista de sucesos que, a falta de pan, llenaban la imaginación y agitaban las lenguas de las gentes de pueblos y ciudades. Uno de aquellos, quizás el que mayor repercusión mediática alcanzó, fue el denominado Crimen de Peñaflor o los Crímenes del Huerto del Francés. Probablemente todos tendrán en mente el conocido caso de Jack el destripador, asesino en serie que provocó el terror en el barrio londinense de Whitechapel, allá por 1888, y que es recordado por un modus operandi muy particular, consistente en cortes y mutilaciones en zonas genital y abdominal y en el rostro de sus víctimas, oficialmente cinco prostitutas. Pues quizás no fue tan sanguinario, aunque también tuvo lo suyo. Apenas unos años después, el Crimen de Peñaflor supera en una el número de víctimas a aquel mítico criminal, añadiéndose a la lista de los asesinatos en serie de una época realmente cruenta. La diferencia, importante, fue lo taimado de su perpetración que buscaba no dejar rastro de las víctimas, siempre dadas por desaparecidas.

            En síntesis, una serie de seis asesinatos, perfectamente planificados, llevados a cabo en el pueblo de Peñaflor (Sevilla), entre los años 1898 y 1904. Los protagonistas de la historia: Andrés Aldije Monmejá, apodado el Francés en alusión a su lugar de nacimiento, Agen (Francia), y José Muñoz Lopera, el Manzanita, nuestro martillador patrio.

            A mediados de noviembre de 1904 comienzan a correr como la pólvora las noticias sobre la desaparición de un vecino de la localidad cordubense de Posadas. En concreto, la denuncia presentada por Francisca Márquez Fernández, de 31 años, casada y vecina de Posadas, a mediados del mes de noviembre ante el Juzgado de Lora del Rio, sobre la desaparición de su marido. Los hechos relatados en la denuncia fueron los siguientes: el 31 de octubre próximo pasado se presentó en su casa un tal José Muñoz, vecino de Peñaflor, conocido como jugador, bajo de cuerpo y de cabellos rubios. Dicho sujeto manifestó que deseaba hablar con su esposo, Miguel Rejano Espejo, que salió en compañía del susodicho y otro vecino de Posadas llamado José Siles. Según las manifestaciones realizadas por este último, Rejano y José siguieron solos el paseo. Rejano volvió a su domicilio ya anochecido, manifestando a su esposa que le habían ofrecido un negocio que debía realizar en Sevilla o en Peñaflor.

Heraldo de Madrid de 19-5-1904

            El día 3 de noviembre, salió Rejano en el tren correo hacia Sevilla, donde se reunió con el tal José Muñoz. Posteriormente pudo constatarse que Rejano se había hospedado en la conocida fonda del Betis, durante la noche del día 3 y todo el día 4 marchándose aproximadamente a las siete de la noche. Desapareció como un suspiró y desde entonces la denunciante no ha tenido noticas suyas, algo inhabitual en él. En añadidura, la sufrida esposa manifestó que al marcharse su marido portaba la cifra de 7.500 pesetas, y vestía un traje de entretiempo, de lanilla color tostado con pintas blancas y un sombrero “Mascota” color café.

            Tras la denuncia, el Juez del partido, Alfonso Palma Blázques y el escribano Félix Nogués comenzaron las primeras diligencias de averiguación sobre el paradero del desaparecido. Y pronto comenzaron a aparecer indicios de que algo misterioso rondaba aquella desaparición. Según se supo después, durante las primeras indagaciones Muñoz Lopera fue llevado a declarar en el puesto de la Guardia civil por estos hechos, pero fue puesto en libertad ante la falta de prueba alguna. Algo parecido ocurriría días después con el Francés, si bien este aprovechó la ocasión para evadirse de la Justicia.

            En apenas dos días, Francisca recibió sendas cartas. Una de ellas, al parecer enviada por José Muñoz, que le indicaba que se había encontrado con su marido en Sevilla y que allí quedaron en escribirse sobre el negocio, y que perdiera cuidado de que su marido corriese peligro, por ser hombre de vista. La segunda, una misiva anónima que le indicaba que el día 4 de noviembre, debía enviar a alguien de su confianza a Peñaflor, que al bajarse en la estación debía colocar en el disco de señales 50 duros, y que allí podría recoger una carta diciéndole donde estaba su marido.

            De las primeras diligencias de averiguación se pudo constatar que José Muñoz no había regresado el día 4 a Peñaflor, porque en la estación de Sevilla no se había despachado billete alguno con ese destino; que en Sevilla habló Rejano con un tal Borrego en el número 4 de la calle de Tinajeros, diciéndole que había ido a instancias de Muñoz a jugar al monte en una casa particular de Sevilla; que se ignoraba donde se hospedó Muñoz en Sevilla; que D. Laureano Concha, exinspector de policía de Sevilla, vio pasar la noche del 3 por la Campa al Rejano con otro hombre, y que de voz pública se decía que Rejano, estaba enterrado en Peñaflor en un huerto llamado del Francés. Estas intuiciones fueron publicadas por El Liberal de Sevilla, en varios artículos, con el pseudónimo de Expolicía.

            Otro sujeto del pueblo, Luis Quesada Lara, que había sido criado de Rejano, manifestó que en la conversación tenida con Muñoz en Peñaflor, mientras le buscaban, el fulano esquivaba las preguntas al respecto que le hacían; que después tuvo la oportunidad de hablar en Sevilla con José Borrego, quien le manifestó haber dicho Rejano en el café de Madrid que llevaba un negocio de juego que le había propuesto Muñoz para jugar con dos comerciantes; que sabía que Muñoz tenía una casa cerrada en Peñaflor destinada a jugar, así como que en Peñaflor hay un huerto llamado del Francés, donde de público se dice que estaba enterrado Rejano.

            El día 3 de diciembre, el comandante del puesto, el cabo Juan Atalaya se reunió con el Juez de Instrucción, sobre la desaparición de Rejano. En días posteriores fueron varias indagaciones llevadas a cabo por el benemérito cuerpo, que llevaron a solicitar del Juez un auto para proceder al reconocimiento de la finca de el Francés. Hecho un primer reconocimiento el día 10, no se obtuvo resultado alguno. Al día siguiente sería el Juzgado municipal el que volviera a realizar una nueva inspección, con el mismo resultado. En un tercer intento de encontrar algún resquicio, y ante la presión de los familiares del desaparecido, se procedió a un tercer reconocimiento, cuyo resultado heló la sangre de los presentes.

Fue al mediodía del día 14 de diciembre, en un departamento del huerto destinado a conejera, al sacar una de las sondas de hierro, construidas al efecto, ésta estaba adherida de grasa animal en descomposición. Al escavar, y a un metro de profundidad se encontraron restos de cadáver humano enterrado, al menos, cuatro años antes. Aquella misma tarde se descubrió otro cadáver más. Se pudo observar que en todas las fosas había una capa de cal encima y otra debajo del cadáver.