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Crímen de Cuenca: Después de 109 años no hemos “aprendio na”

Después de 109 años no hemos “aprendio na”, lo que demuestra que la necedad humana no tiene límites temporales. Este artículo de opinión de Fco. Javier De León V. se publicó el 21 de agosto de 2019 en Las Noticias de Cuenca, Mundiario, Voces de Cuenca, La Comarca de Puertollano, El Liberal de Castilla, La Opinión de Zamora, Cartagena Actualidad, Cuenca News, El Digital de Castilla-La Mancha, Noticias de Almería, La Voz del Sur, AlcazardeSanJuan.com, Más Castilla-La Mancha, Diario de la Mancha, Información Guadalajara, Tarancón Digital y Murcia Actualidad.

Nuevo Mundo, 26 de marzo de 1912

El 21 de agosto de 1910, cuando el sol rozaba el horizonte, José María Grimaldos emprendió un largo viaje, de consecuencias inesperadas. Torturas, sufrimientos, olvidos, desencuentros, pero sobre todo una Justicia que no funcionaba, un mundo rural agónico, una política preñada de ideología y huérfana de ideales humanistas, beligerante con la inteligencia y la racionalidad; una sociedad hundida carente de valores; una prensa interesada en perseverar un lado de la realidad; un universo enfrentado, dirigido por poderosos que nada sabían de la vida, de la real, de la que enfrenta la mayoría de seres humanos cada día…y que abusaban del que la vivía amargamente.

Que nadie encuentre en la inmolación de León y Gregorio la única razón de aquel aquelarre; que nadie busque en la tortura la única razón de aquel esperpento humano que fue el llamado Crimen de Cuenca; que nadie justifique lo decrépito de aquel universo en la razón de un loco…, que nadie culpe a unos pobres aldeanos por sus comportamientos atávicos. Fueron todas y cada una de las mencionadas, y alguna más, las razones que, arrejuntadas, se afanaron en redimir una Justicia mal entendida y un sistema político que no se aguantaba.

El Liberal, 26 de julio de 1911

Transcurridos 109 años me gustaría poder decir que todo pasó, que la España de la modernidad llegó y quebró la sinrazón de tanto dolor; que los políticos utilizan la política para bien dirigir los asuntos públicos, siempre pensando en el bien de las personas y del mundo que nos acoge; que la Justicia, dotada de modernas leyes y medios suficientes, es igual para pobres y ricos y que, en su manto, alberga la esperanza de la equidad;  que el mundo de los pueblos, que durante tanto tiempo alimentó nuestros sueños, vive un nuevo renacer y con él se rejuvenece nuestra esencia; que la cultura, en su primer significado, es decir, el cultivo del pensamiento racional basado en conocimientos, campa ancha entre aquellos que dirigen nuestros destinos y también entre aquellos que se dejan llevar por la supervivencia temprana de los instintos; que las ideologías, sobre todo aquellas que no aceptan los derechos básicos de todo ser humano, huyeron abatidas por la solidaridad entre los pueblos, por la riqueza de lo diferente, por el sacramento de la libertad y el respeto de la diversidad.

No es necesario desplegar una gran inteligencia para ver que seguimos dirigidos por una política sin rumbo, completamente ideologizada, donde lo importante es hacer valer mi pensamiento, en el que no caben los demás; por unos políticos preocupados más por mantener su sillón que el bienestar de sus feligreses, incapaces de ver seres humanos, que se acompañan simplemente de adeptos y vasallos acríticos, que refuercen de manera cansina sus prédicas; que seguimos sin tener una Justicia moderna, con medios idóneos y alejada de los embates de la política, sobre todo cuando hablamos de la Justicia suprema y de la constituyente, designada a dedo; que seguimos sometidos a una educación que no educa, que distingue, que estigmatiza, que señala con el dedo a los diferentes y todavía hoy, sí, todavía hoy, sometida a un machismo recalcitrante que no permite a las generaciones de jóvenes pensar con la libertad que sólo la igualdad permite, y generar un cultura abierta, libre, equidistante basada en la riqueza de la variedad; que seguimos deteriorando nuestro mundo rural, pervirtiendo nuestra alma y alejándonos de nuestros orígenes; que los pensamientos comunes apenas divergen, únicamente, entre las dos orillas de las ideologías que nos dominan, gestionadas por el poder económico.

Olvidando nuestra historia, destruimos nuestro presente y ponemos en riesgo nuestro futuro. Han transcurrido 109 años y sigo viendo tantas causas, tantos daños, tantos crímenes, en cualquier frontera y en cualquier territorio, mas allá de la imperturbable llanura manchega, tantos sacrificios, innumerables tormentos, tanta política ideologizada, sin objetivos, tanta incultura, tanto desprecio hacia los desiguales, tanto menosprecio hacia la mitad inteligente del género humano, que no puedo colegir otra consecuencia: el ser humano es un ser terco, ignorante, en definitiva, necio. Y lo que es peor, pasará otra centuria y seguiremos pateando la misma piedra, y recorriendo los mismos caminos que pastoreó José María Grimaldos durante un cuarto de siglo, sin enterarse de na.

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El crimen de Cella


Reaparecido el Pastor Grimaldos, en la primavera de 1926, las noticias de errores judiciales recorren las páginas de los periódicos, discutiendo qué si los Tribunales de derecho, qué si los Tribunales por Jurado, la Ley, los procedimientos. De entre todos uno de aquellos sucesos llama la atención, por ser primo hermano del ínclito Crimen de Cuenca en su desarrollo, y que, por omisión, es totalmente desconocido para la historia.

Ocurrió en la localidad turolense de Cella. Una noche de octubre de 1904, el mozo Pedro Soriano, que prestaba servicios en la denominada Venta de Aquero, fue enviado por sus amos a comprar unos kilos de tocino. Se le vio entrar con unos amigos en casa de Manuel Sánchez Montalor, donde debía comprar el suculento manjar y, de paso, chatear e intercambiar unas historias con el propietario del local y otros transeúntes del pueblo, para lo que empleó un par de horas. Después, nada más se supo de su paradero.

Por Cella corrióse el rumor de que Montalor y su esposa le habían dado muerte, quemándole luego en el horno de la casona. ¿Causas? El desaparecido se había comido con los otros mozos y Montalor el tocino que sus amos le ordenaron que comparase. Previendo una reprimenda reclamó a Montalor el importe de la grasienta vianda. El requerido se negó. Disputaron, y Montalor, ayudado por su esposa, asesinó a Soriano.

Un cierto mendigo, al que el presunto asesino daba asilo en el pajar, llegó a decir que aquella noche oyó ruido de lucha y sordos gemidos.

Fue cerrado el horno de Montalor, al que se detuvo, como también a su mujer. Se dictaron los dos autos de prisión y procesamiento. Hubo declaraciones fantásticas, muy comprometedoras, de diversos testigos. Pero un buen día, encarcelados Montalor y su desventurada cónyuge, a escasos días del comienzo del juicio oral ante la Audiencia Provincial, reapareció en el pueblo el desaparecido Soriano. Imagínense los ánimos de los lugareños y el tumulto que la noticia causó.

En este caso no fue un barrunto, como el de Grimaldos, el que le indujo a huir de su pueblo. Efectivamente, se había gastado el dinero que sus patronos le dieron para comprar tocino, y amedrentado escapó. Estuvo en Mure, Camporrobles y Utiel. En Valencia tropezóse con unos hombres, que venían de Cella, y que le relataron lo que allí pasaba. No sé nada de eso, repuso evasivo…

Hay quien afirma que Soriano llegó a escribir una carta a su pueblo. Pero la persona que la recibió callaba, timorata, rehuyendo el verse envuelta en los rollos de un sumario o bajo la fuerza de un vecindario que exigía, primero un delito, y después, unos culpables…

Que tendrán las tierras valencianas, Utiel y Camporrobles, que atraen tanto desaparecido, ¿no serán tierras de ánimas? Quizás sea por el buen vino. Son muchas las coincidencias con el caso Grimaldos, que hasta celda con título tenían, que debió de ser común en la época, o quizás simplemente heredadas de tiempos más oscuros y de costumbres más arcanas. Así lo expresó el médico del pueblo, el doctor Ariño, sorteando los baches del camino:

Fíjese usted en que existen muchos puntos análogos entre este suceso y el de Osa de la Vega. La víctima es un medio bobo, que al desaparecer, se refugia en Mira (Cuenca), Camporrobles, Utiel… lo mismo que Grimaldos; que un juez no advierte fundamentos de causa y pone en libertad, y otro, por el contrario, procesa; que la víctima es quemada también, y para final, un cura deshace el terrible error existente…

El resultado, igual de trágico, en palabras de Montalor: Se cerró el horno; nos abrumó con tantas declaraciones la Guardia civil, algunas de las cuales duraban seis horas, y al fin se nos detuvo; pero como el juez, que lo era aquí D. Cristóbal García, y secretario D. Miguel Iranzo no encontraran nada punible en nuestra conducta, nos puso en libertad. Fue peor, vino el juez de instrucción de Albarracín y vino toda la Guardia civil de los pueblos inmediatos; y después de declarar nosotros mucho rato, muchísimo rato, nos procesaron y atadicos nos llevaron a la cárcel de Albarracín, no sin antes, todo el pueblo reunido en la plaza, oír de este todo género de insultos y amenazas…

Los hechos de la fantasía, pues con los antecedentes que había y los “se dice”, “han dicho”, “creen”, etcétera, etc… todo era un trinar, pero pruebas, ninguna. Ahora, que nadie se atrevía a contradecir a los que aseguraban que “se decía”… el remedio era callar y con diplomacia quitar leña de la hoguera. Estos infelices estuvieron unos cuantos meses en la cárcel, hasta que Manuel, por fin, cantó. Declararon infinitos testigos que nada vieron y lo vieron todo, y al cabo del tiempo, cuando la causa se iba a ver en la Audiencia, entonces “resucitó el muerto”, se presentó en Cella y el párroco solícito y entendedor del asunto le mandó detener y dio cuenta a las autoridades, que inmediatamente pusieron en libertad al desgraciado matrimonio.

Cuando se supo que el matrimonio se hallaba en libertad se organizó una rondalla para salir a esperarle, y aun cuando no faltaban los que todavía seguían negando que Pedro Soriano vivía, aunque lo estaban viendo, se le hizo al matrimonio un recibimiento entusiasta y solemne por los que siete meses antes pedían sus cabezas. También se llevó a cabo en Cella una cuestación a favor de los “asesinos” y con cuatro ochavos se reivindicó y se indemnizó a ese honrado matrimonio que vivió muy humildemente, en el pueblo de Cella hasta el final de sus días.

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El atávico crimen de Peñerudes

Con varios disparos, un buen tajo en la cabeza y diez o doce puñaladas los hermanos Santiago y Camilo asesinaron a D. Francisco, cura de Peñerudes, una pequeña parroquia del concejo Asturiano de Morcín en 1904. Esta es su historia.

Nos ubicamos en 1904. Reinaba Alfonso XIII mientras los liberales y conservadores se iban turnando en el poder en un sistema en el que era imposible achicar el agua. España era un país hundido en la miseria, con una situación internacional llena de heridas infectadas, una justicia antigua que aplicaba una legislación rancia y un sistema parlamentario que no tenía el menor interés por el bien colectivo.

En esta situación dos mundos irreconciliables partían la sociedad española. A un lado, la sociedad urbana, ansiosa de modernidad, frente a un mundo rural, incomunicado, inculto y anclado en tradiciones atávicas, donde el cacique era el absoluto monarca. Controlaba la alcaldía, al juez, representaba a la comarca en el parlamento y era el propietario de cuanto hubiera de productivo en la comarca. El cacique gobernaba sobre las hambres de una población a la que sometía a su yugo.

En estos años, se produjo lo que algunos llamaron el Crimen de Peñerudes. El asesinato de D. Francisco, cura de Peñerudes, una pequeña parroquia del concejo asturiano de Morcín (Oviedo). Un suceso entre tantos que, a pesar de lo truculento y del salvajismo desplegado por sus dos protagonistas pasó apenas desapercibido en la época en un contexto social más preocupado de otros asuntos, como las recientes pérdidas coloniales. Un asesinato en el que los asesinaores, en el momento del crimen, arremolinaban las características propias de todo crimen pueblerino en una suerte de encuentro entre la navaja, el vino y una profunda ignorancia o un sentido despreocupado de la vida ajena, por llamarla de alguna forma.

Esta es la versión que contaron los mismos presos, incomunicados como estaban, en el Imparcial de 12 de diciembre de 1904. Los dos hermanos nos explican el suceso con la naturalidad del que se arrima un cocido con una arroba de vino, y tras siesta y condumio, se va a bailar a la fiesta del pueblo de al lado:

“Verá, a nosotros no podía vernos porque decía que éramos muy desvergonzados y blasfemos. No contento con rebajar nuestra conducta desde el mismo púlpito, consiguió encarcelarme durante catorce meses, echándonos a mi hermano y a mi del pueblo, donde consiguió quitarnos las fincas que llevábamos en arrendamiento y expulsarnos de la casa que habitábamos, por su influencia con los dueños de las posesiones. Pero no tenían intención alguna de acortar la vida del párroco. Fue una casualidad. Por resentimientos que yo tenía con un minero que por Carnaval me maltrató y estuve un mes en cama, el jueves, día festivo, después de apurar bastantes copas, íbamos para casa, cuando nos encontramos con aquél en mitad de la carretera. Entonces echó a correr y nosotros tras él, y por fin conseguimos entrar en su casa, y allí le largamos un par de puñaladas, dándonos a la fuga. Para despistar a la Guardia civil nos internamos en Peñerudes, donde dormimos, con intención de marcharnos a Asturias. Cuando despertamos, oímos tocar las campañas, y dijimos, acordándonos del párroco, vamos a ver si lo encontramos. Echamos a andar, hallándole, por desgracia nuestra, frente al altar mayor-. Tras varios disparos, un buen tajo en la cabeza y diez o doce puñaladas, se fueron a casa del cura, para apoderarse de las armas buenas que sabían que tenían, por si acuciaba la necesidad de defenderse. Con el revuelo, los gritos, la gente empezó a arremolinarse y apareció la Guardia civil que, finalmente y tras el correspondiente tiroteo, los apresó. ¿La intención de Vds. era matar al sacerdote? -No señor; queríamos apuñalarle los ojos, dejándolo ciego, para castigar así el mal que nos hizo- (¡Ay, Dios mío!).”

Como resultado del proceso con jurado, se sentenció a muerte por garrote a Santiago y Camilo fue condenado a cadena perpetua por el asesinato del cura, y a siete y cuatro años de presidio mayor, respectivamente, por el robo.

Este primera artículo de la serie fue publicado el 10 de mayo de 2019 en Mundiario,